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domingo, 28 de abril de 2013

DORA MAYER


Aunque nació en Hamburgo, Alemania, el 12 de marzo de 1868, y llegó al Perú a los cinco años de edad, adoptó la cultura y nacionalidad peruana hasta identificarse plenamente con los problemas y contradicciones de un país que llegó a comprender mejor que otros. Y fue en el periodismo donde encontró el mejor vehículo para denunciarlos.

En 1909, junto con Pedro Zulen, un joven filósofo de San Marcos de ascendencia china y 22 años menor que ella, y Joaquín Capelo, un renombrado catedrático, fundó la Asociación Pro-Indígena que buscaba escuchar, atender y encontrar solución a las denuncias y problemas de los indios. Según Mariátegui, fue ella el verdadero motor de la Asociación y quien, a decir de Basadre, financiaba la publicación de su órgano de difusión, ‘El Deber Pro-Indígena’, un boletín que pese a la brevedad de sus páginas llegó a cumplir un papel relevante en la causa indigenista. Fue en los avatares de este activismo social, en la agitada actividad en defensa de los indios, en las continuas e innumerables noches redactando informes, denuncias y manifiestos, donde empezó a incubarse la desenfrenada admiración que Dora Mayer comenzó a profesar por Pedro Zulen y que terminaría haciéndole perder de vista la frontera que separa la verdad de la fantasía.

La mujer que se atrevió a escribir que “los indígenas ya no mueren como carne de cañón bajo las órdenes de los caudillos y los generalotes, sino como carne de máquinas trituradoras al servicio de negociantes extranjeros”; la misma que expresaba su ira cuando la prensa de Lima hacía mofa de las sublevaciones indígenas en el Sur, escribiendo furibunda: “¡Burlarse de la pobreza y desgracia de los indígenas en momentos en que más de cien individuos de esta raza yacen víctimas de cruel e impune asesinato en Azángaro! ¡Burlarse de la mendicidad de esta raza que es culpa de los que gobiernan, de los que piensan en el Perú! ¿Es concebible semejante infamia?”, es la misma que, confundiendo la realidad con el deseo, dirigió una carta declarándole su amor a Zulen: “Te quiero cuidar y te quiero querer”, escribió. A pesar del aprecio y reconocimiento que le tenia, Zulen la rechazó. Pero Dora insistió e insistió tanto que hizo de la vida pública de Zulen, que ya empezaba a ser reconocida, un verdadero martirio. “Le impuso no el amor, sino el ridículo”, ha escrito José B. Adolph. Se vio obligado a deshacer la Asociación y evitar todo vínculo con ella.


Fue delegada del Perú al Primer Congreso Femenino Internacional realizado en Buenos Aires, en 1910. De 1912 a 1917 asumió la Dirección de “El Deber Indígena”. Producto de su actividad periodística fueron también la Revista CONCORDIA y el informativo EL TRABAJO. Los Congresos del niño, (Buenos Aires), De las Razas (Londres) y de Evangelistas (Panamá), lo tuvieron como uno de sus más capaces colaboradores.

A la muerte de su padre Anathol Adolf Mayer, ocurrida en 28 de noviembre de 1902, quedó con una pequeña fortuna que, desgraciadamente, no supo administrar. Por eso vivió pobre toda la vida y porque además son raros, en nuestra patria, los casos del escritor que logre sobrevivir de su obra.

Los Mayer parece que estuvieron destinados a gozar de una vida longeva. La autora de sus días. Matilde Lochs, al fallecer el 18 de octubre de 1914, tenía 79 años; su progenitor finó a los 77, y ella misma al fallecer el 7 de enero de 1959, en la Casa Nº 151 del Parque Inclán, contaba con 91 años de edad. Fue enterrada en el antiguo cementerio Británico de Bellavista fosa C-12, Tercer sector.