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martes, 23 de julio de 2013

ENRIQUE VIII

 (Greenwich, actual Reino Unido, 1491-Westminster, id., 1547) Rey de Inglaterra (1509-1547). Segundo hijo de Enrique VII, se convirtió en heredero del trono al morir su hermano Arturo (1502), con cuya viuda, Catalina de Aragón, se había casado antes de ceñir la corona (1509). Durante los primeros años de su reinado, su política exterior estuvo dirigida por el ministro Wolsey, quien moderó la influencia de Fernando II de Aragón, padre de Catalina, y del papa Clemente VII. Aun así, en 1511 se adhirió a la Liga Santa contra Francia, a cuyo ejército venció en 1513 en Guinegatte. A pesar de la paz firmada al año siguiente, la guerra contra Francia se reanudó más adelante, merced a su alianza con Carlos I de España. 

Sin embargo, alertado por la victoria de éste en Pavía, en 1525, sobre Francisco I de Francia, y ante el creciente poder imperial en el continente, optó por aliarse con el monarca francés. Durante esta época escribió un panfleto contra Lutero (Assertio septem sacramentorum, 1521) por el que recibió del Papa el título de «defensor de la fe». En el interior, gobernó inicialmente consultando la Cámara de los Comunes y apoyó las artes. Así mismo, modernizó y transformó las estructuras feudales del reino y centralizó el poder en sus manos. 

Se anexionó Irlanda, de la cual se hizo coronar rey en 1541, unificó los territorios bajo su dominio y asimiló a Inglaterra el país de Gales; por último, ocupó Escocia, a cuyas tropas derrotó en la batalla de Flodden (1513) y en la campaña de Solway Moss (1542). La preocupación por asegurar su sucesión y el intento de evitar las guerras civiles que habían convulsionado el reino durante el siglo XV lo llevaron a eliminar a los posibles pretendientes al trono y a buscar un descendiente varón, dado que de los seis hijos que le había dado Catalina sólo había sobrevivido María Tudor. Con este propósito, e influido por su pasión por Ana Bolena, solicitó el divorcio. Sin embargo, su esposa Catalina no quiso concedérselo y el Papa, presionado por Carlos I, no lo autorizó. Aunque siempre se había alineado con los católicos, Enrique VIII se revolvió entonces contra Roma y en 1533 rompió con el Vaticano. 

Mientras tanto, el Parlamento aceptó el divorcio y su matrimonio con Ana Bolena. Al año siguiente, el Acta de Supremacía consagró la escisión de la Iglesia Anglicana de la obediencia de Roma, aunque mantuvo su doctrina, como quedó de manifiesto en el Acta de los Seis Artículos de 1539. La ruptura supuso la disolución de las órdenes religiosas, la confiscación de los bienes eclesiásticos y la represión de los católicos, entre cuyas víctimas figuraron Tomás Moro y John Fisher. La situación, que había provocado la caída de Wolsey, llevó al monarca a aproximarse a Cromwell y Cramer, favorables a las tendencias protestantes. Tres años después de su matrimonio con Ana Bolena, ordenó su ejecución, acusada de infidelidad, y la sustituyó por Juana Seymour, que murió dejándole un hijo, el futuro Eduardo VI. A ella siguieron Ana de Clèves, a quien repudió en 1540, el mismo año de su matrimonio con ella, Catalina Howard, a la que hizo ejecutar, acusándola de infidelidad, tras divorciarse de ella, y Catalina Parr, quien le sobrevivió e influyó en su política de mayor tolerancia religiosa al final de su vida.  Enrique VIII impulsó el desarrollo de la flota que haría de Inglaterra una potencia marítima, el comercio y la industria, merced a los ingentes ingresos que obtuvo procedentes de la venta de los bienes eclesiásticos secularizados. Su política económica no favoreció la producción agrícola ni al campesinado, sobre el cual recayeron pesadas cargas fiscales, al tiempo que la propiedad era afectada por el cercado de los campos. Los desequilibrios estructurales de la economía producidos durante su reinado no tardaron en afectar al sistema financiero, de lo que derivó una crisis que se prolongó en tiempos de sus sucesores.