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viernes, 9 de agosto de 2013

FEDERICO II EL GRANDE

(Berlín, 1712-Potsdam, actual Alemania, 1786) Rey de Prusia (1740-1786). Arquetipo del déspota ilustrado, desde muy joven mostró un espíritu inquieto, gustos refinados e inclinación al estudio de las ciencias y las artes, acaso por la influencia de su preceptor, un hugonote francés llamado Jacques Duhan de Jandun. 

Dado su carácter sensible, chocó continuamente con su padre, Federico Guillermo I, hombre de temperamento autoritario. A los dieciocho años huyó de la corte acompañado de su amigo Katte; detenidos, éste fue ejecutado y Federico encerrado en Küstrin hasta que reanudó sus estudios y se sometió a la disciplina paterna. 

En 1736 le fue entregado el castillo de Rheinsberg para que mantuviera su propia corte, lo cual le permitió satisfacer sus ansias de vida cultural y cortesana. Accedió al trono en 1740, a la muerte del Rey Sargento, como era conocido su padre. Su afán de gloria y conquistas y la voluntad de liberar a Prusia de la dependencia de Austria lo movieron a enviar las tropas a Silesia, donde obtuvo la brillante victoria de Mollwitz, que rubricó la eficacia del ejército organizado por su padre y su propio talento como estratega. La debilidad de los Habsburgo fomentó una alianza con Francia que se mantuvo hasta 1742, año en que se retiró del conflicto por separado, con la posesión de Silesia asegurada. 

Sin embargo, las circunstancias del enfrentamiento, que se prolongó en la guerra de Sucesión de Austria, le obligaron a entrar de nuevo en liza en 1744; en esta segunda campaña salvó en varias ocasiones a su ejército del desastre gracias a su brillantez como militar. Por la paz de Dresde (1745), Austria reconoció de nuevo la posesión de Silesia a Prusia, pero quedaron latentes todos los conflictos que enfrentaban a las potencias europeas, hecho que acabaría por determinar en 1756 la coalición de Austria, Rusia, Francia y Suecia contra Prusia, a su vez apoyada por Gran Bretaña; ello significó el comienzo de la guerra de los Siete Años, de la que Prusia salió arruinada, pero convertida en una gran potencia militar: conservó Silesia y recuperó Pomerania, Sajonia y otros territorios ocupados por sus oponentes. 

La muerte de la zarina Isabel en Rusia y el acceso al trono de Pedro III primero y de Catalina II poco después abrieron a Federico el camino para una alianza que le permitió emprender la reconstrucción del país y convertirse en uno de los soberanos más influyentes del continente. En política interior impulsó una serie de reformas iluministas, apoyándose en la nobleza, a la que respetó sus privilegios: establecimiento de una administración centralizada; reorganización de la hacienda pública, con aumento de la presión fiscal; supresión de las aduanas interiores; creación de una banca estatal; reforma de la administración de justicia, con abolición de la tortura; e introducción de nuevos cultivos, como la patata y el nabo, y aplicación de modernas técnicas productivas. Propició el comercio y la industria sobre bases mercantilistas que favorecieron el desarrollo económico, fomentó la tolerancia religiosa y, en continuidad con la línea militarista emprendida por su antecesor, perfeccionó la organización y el funcionamiento del ejército e incrementó sus efectivos.  Hombre de vasta cultura, Federico II atrajo a su corte a intelectuales y artistas como Voltaire y Bach, quien le dedicó su Ofrenda musical. Por su parte, el propio monarca compuso algunas piezas musicales, como una Sinfonía en Re mayor, escribió tratados en los que expuso su pensamiento político y sus particulares ideas acerca del Estado, como Antimaquiavelo (1739), Testamentos políticos (1752-1768) y Ensayo sobre las formas de gobierno (1777), participó en el trazado de los planos de los palacios de Sans-Souci y Potsdam y del edificio de la Ópera de Berlín, y puso su sello a un estilo que transita entre el rococó y el neoclásico. También tuvo participación directa en el reordenamiento urbano de Berlín, una ciudad que durante su reinado se convirtió en una urbe moderna y dinámica. Fomentó así mismo las ciencias a través de la Academia de Berlín y sancionó la obligatoriedad de la enseñanza primaria.  «La diferencia que hay entre una convicción y un prejuicio es que una convicción podemos explicarla sin alterarnos.»