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viernes, 9 de agosto de 2013

FELIPE II

 (Valladolid, 1527-El Escorial, España, 1598) Rey de España (1556-1598). Hijo del emperador Carlos I y de Isabel de Portugal, llegó a ser el monarca más poderoso de su tiempo: sus dominios, en total una quinta parte de la Europa occidental, se extendían desde España, Sicilia y los Países Bajos hasta América y las Filipinas, archipiélago del Pacífico sur que debe a él su nombre. 

El largo reinado de su padre y el gran número de campañas en que éste participó le dieron tiempo para recibir una completa educación y adquirir experiencia en los asuntos de Estado, sobre todo durante sus regencias de 1543 y 1551, que precedieron a su acceso al trono en 1556. 

Hombre de alto sentido del deber y profunda religiosidad, su vida y su gobierno se basaron en su preocupación por la defensa de la fe católica, principio al que dio proyección universalista dado el carácter imperial del legado recibido. En 1543, a los dieciséis años, desempeñó su primera regencia y contrajo matrimonio con su prima María Manuela de Portugal, quien falleció dos años más tarde al dar a luz al príncipe don Carlos. 

Cinco años después, en 1548, y siguiendo instrucciones de su padre, realizó una «gran vuelta» por Italia, Alemania y los Países Bajos para conocer los territorios y las gentes de su futuro reino. Al cabo de tres años regresó a España, de la que ya no saldría durante el resto de su vida. En 1554 recibió de su padre los reinos de Nápoles y Sicilia, y su matrimonio con María Tudor lo convirtió en rey consorte de Inglaterra. Al año siguiente obtuvo el gobierno de los Países Bajos y, en 1556, Carlos I abdicó de la Corona Española y del título imperial en su favor. 

A partir de ese momento dedicó por completo y de modo casi obsesivo sus energías a los asuntos de gobierno. Su reinado comenzó con la ruptura de la tregua de Vaucelles y el estallido de una nueva guerra con Francia, a cuyas fuerzas venció en las batallas de San Quintín, la única en que participó directamente, y Gravelinas. La paz de Cateau-Cambrésis de 1559, que puso fin al conflicto, estableció la hegemonía española en el continente y sentó las bases para un mejor entendimiento entre España y Francia (un año antes había muerto María Tudor, por lo que la esperanza de una alianza angloespañola se había desvanecido). Como reafirmación del pacto, Felipe contrajo matrimonio con Isabel de Valois, hija de Enrique II. La nueva amistad hispanofrancesa tenía por objeto contener el avance del protestantismo, una de las mayores preocupaciones del monarca español. En este sentido, instó la reanudación del concilio de Trento, que confirió un carácter combativo a la Contrarreforma, y revitalizó la Inquisición para actuar contra la herejía. Esta actitud desencadenó a partir de 1568 la sublevación de los moriscos de las Alpujarras y de los Países Bajos, reprimidas por don Juan de Austria y el duque de Alba, respectivamente. 

Tales revueltas coincidieron con una fuerte ofensiva otomana en el Mediterráneo, que detuvo en 1571, cuando la flota de la Liga Santa logró la concluyente victoria de Lepanto. Fallecida Isabel de Valois en 1568; dos años más tarde contrajo nuevo matrimonio con Ana de Austria, con lo cual aseguraba la continuidad de los lazos familiares y políticos con la rama austriaca de los Habsburgo. En 1580, al asumir la Corona de Portugal, consumó el proceso de unificación de la península Ibérica iniciado por los Reyes Católicos. Sin embargo, las crisis económicas eran constantes a pesar de la masiva entrada de plata americana, que se consumía casi inmediatamente en el mantenimiento de las ambiciosas campañas en defensa de la fe católica, circunstancia que sentó las bases de la posterior decadencia española. El enfrentamiento con Inglaterra terminó en 1588 con el desastre de la expedición de la Armada Invencible, con la que pretendía ocupar la isla, derrota naval que señala el principio del fin de la hegemonía española en Europa.  «Y aun si mi hijo fuera hereje, yo mismo traería leña para quemarle.»