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viernes, 9 de agosto de 2013

FELIPE IV

 (Valladolid, 1605-Madrid, 1665) Rey de España (1621-1665). Heredó el trono a la muerte de su padre, Felipe III, en 1621. Importantes personajes de la corte, entre quienes se hallaba don Gaspar de Guzmán, el futuro conde-duque de Olivares, habían concebido grandes esperanzas de que sería el soberano que llevara a la monarquía hispánica a recuperar su prestigio y su poder. No se cumplieron esas expectativas, pues el rey, ya fuese por propia inclinación o por el dinamismo de Olivares, nunca se adaptó al modelo de rey burócrata inspirado en Felipe II, de tan grato recuerdo en la corte. 

Por otra parte, las reformas iniciales de Olivares no pasaron de ser sino meros arreglos superficiales en el ruinoso edificio de la monarquía española. Su política exterior, muy agresiva, no contribuyó a que pudieran llevarse a cabo las transformaciones precisas para reconducir la situación interna de los reinos de España. 

Una vez finalizada la tregua de los Doce Años, se reanudó la guerra con Holanda, que al principio fue victoriosa, con la toma de Breda por Spínola, la reconquista de Bahía, en Brasil, que estaba en manos de los holandeses, y el fracaso de la expedición angloholandesa contra Cádiz, todo ello en 1625; ahora bien, los recursos de la monarquía hispana estaban siendo forzados al límite. Por otro lado, en la guerra naval con Holanda se acumulaban las derrotas; especialmente grave para los intereses españoles fue la captura de la flota de la plata (1628). En 1635, las tropas españolas derrotaron a las suecas en Nördlingen, lo que arrastró a Francia a entrar en la guerra de los Treinta Años. La prolongación de las hostilidades llevó a España a una situación insostenible, sobre todo a partir de 1640, con las revueltas de Cataluña y Portugal, al ver estos reinos amenazadas sus libertades por la política de unificación propugnada por Olivares. En 1643, los repetidos fracasos en los campos de batalla significaron la caída del condeduque. Su sustituto, Luis de Haro, trató de atenuar los efectos de la derrota todo lo posible. Las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) corroboraron la definitiva pérdida de importancia sufrida por España en el concierto internacional.