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viernes, 6 de septiembre de 2013

HENRY FORD

 (Dearborn, EE UU, 1863-id., 1947) Industrial estadounidense. Nacido en el seno de una familia de origen irlandés, de niño combinaba sus estudios en una pequeña escuela local con el trabajo en la granja paterna. Su primer contacto con el mundo de la mecánica tuvo lugar en la ciudad de Detroit, adonde acudió en busca de trabajo en un taller.

Fue jefe de mantenimiento eléctrico en la fábrica de la Edison Company, donde se le exigía disponibilidad durante las veinticuatro horas del día, pese a lo cual conseguía dedicar tiempo a sus investigaciones. Empecinado en construir un motor de gasolina de combustión interna, en 1896 aplicó el ingenio a su primer carruaje sin caballos, el «cuadriciclo», llamado así porque estaba montado sobre cuatro ruedas de bicicleta. 

Dedicó también sus esfuerzos a la construcción de varios automóviles de carreras que obtuvieron diversas marcas de velocidad. Tras trabajar en diversas factorías del ramo, fundó en 1903 la Ford Motor Company, con una inversión inicial de 28 000 dólares que recaudó principalmente entre pequeños inversores. La iniciativa empresarial había de revolucionar el mundo del transporte, así como el de la producción industrial, en muchos sentidos.

Los inicios no fueron fáciles, ya que tuvo que enfrentarse a diversas dificultades legales y a varios pleitos. En alguna ocasión, sus propios inversores se plantearon demandarlo por dedicar una parte excesiva de los beneficios a ampliar la empresa y mejorar sus productos e instalaciones. Ford tenía una obsesión, «construir un vehículo de motor para las masas», y dedicó todos los medios de que disponía a este lema y a su inquietud por la innovación tecnológica. Cumplió su objetivo el mítico modelo T, del cual se venderían más de 16 millones de unidades en todo el mundo, y con el que se inició una era en la que el automóvil dejó de ser un lujo de privilegiados para convertirse en una realidad cotidiana para el conjunto de la población. Su éxito se cimentó en varios factores: mejora de salarios, aumento de la capacidad y rapidez de producción y abaratamiento de costes y precios. 

Lo primero le valió ser acusado de socialista, ya que, además de mejorar el sueldo de sus operarios, redujo la jornada laboral de nueve a ocho horas. Él, sin embargo, insistía en que su estrategia no tenía nada que ver con razones humanitarias: por un lado conseguía articular una producción continuada durante las veinticuatro horas del día, basada en tres turnos de ocho horas; por otro, mejoraba la motivación de los trabajadores, amén de convertirlos en potenciales compradores del producto. La rapidez de producción se mejoró merced a una coordinación de procesos casi coreográfica, gracias a la cual logró terminar un T cada 24 segundos. Desde los 728 minutos necesarios inicialmente para acabar el chasis de un vehículo, consiguió reducir los tiempos de producción a sólo 93: montaje en cadena, submontaje de componentes en talleres subsidiarios, trabajo en serie, flexibilidad de inventarios y reducción de stocks no son sino algunos de los conceptos que Ford introdujo y que rigen hoy la producción industrial en el mundo. No contento con el éxito obtenido, continuó su búsqueda constante de innovaciones técnicas, y creó los motores de seis y de ocho cilindros. Murió, justo cien años después de que sus padres desembarcaran en Estados Unidos, dueño de una fortuna sin parangón y propietario de multitud de industrias subsidiarias, entre las que se contaban minas de carbón y empresas madereras y tapiceras, que había adquirido para asegurarse una producción autárquica e independiente de los ciclos económicos.